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Uno de los recursos o técnicas disciplinares más discutidas a lo largo de las últimas décadas es la coerción o castigo. El castigo físico es probablemente el recurso disciplinar más frecuentemente investigado. Respecto al castigo físico paternofilial, podríamos afirmar que hay una evidente relación entre castigo físico y agresión del niño (Becker, 1964). Los padres que se basan en el castigo físico para hacer cumplir las normas, generan en los niños tendencias y expresiones más agresivas.

Numerosos investigadores muestran que entre el 84 % y el 97% de los padres utilizan el castigo físico en algún momento de la vida del niño, continuando su aplicación en gran número de ellos a lo largo de la adolescencia. En un estudio de Bachman (1967) se constató en una amplia muestra de niños con edades comprendidas entre los 10 y los 12 años, que el 61% habían sido abofeteados en varias ocasiones. Steinmetz (1974) y Straus (1971) encontraron que este recurso también se aplicaba a alumnos de bachillerato, donde alrededor de la mitad habían sido golpeados y amenazados con ser golpeados durante su último año de bachillerato.

En la actualidad, todavía son frecuentes los estudios acerca del castigo físico que muestran que los padres que lo utilizan para controlar y reducir la agresividad de sus hijos, únicamente consiguen incrementarla. El niño que es castigado físicamente o que observa castigos físicos, utilizará la agresión más tarde como una técnica de control de la conducta de otros.

El castigo físico, a pesar de que es aceptado culturalmente, no deja de ser violencia, puesto que implica el uso y generalmente el abuso de la fuerza física. En ciertos aspectos tiene las mismas consecuencias que otras formas de violencia, aunque se le disfrace de buenas intenciones.

El trailer de una película que muestra, entre otros aspectos, el panorama de la educación en los países en vías de desarrollo:

Toda persona –niño, adolescente o adulto- debe poder beneficiarse de una formación concebida para responder a sus necesidades educativas fundamentales. Estas necesidades conciernen tanto a las herramientas de aprendizaje esenciales (lectura, escritura, expresión oral, cálculo, resolución de problemas) como a los contenidos educativos fundamentales (conocimientos, aptitudes, valores, actitudes) que el ser humano necesita para sobrevivir, para desarrollar todas sus facultades, para vivir y trabajar con dignidad, para participar plenamente en el desarrollo, para mejorar la calidad de su existencia, para tomar decisiones claras y para continuar aprendiendo. El campo de las necesidades educativas fundamentales y la forma más conveniente de satisfacerlas varían según los países y las culturas y evolucionan inevitablemente con el tiempo

Jomtien, 2000.

Cuando planteemos actividades para un proyecto como una ludoteca o un centro de menores, las actividades resultan más provechosas si las adecuamos a la estación del año en la que nos encontremos, pues algunas de ellas se podrán realizar al aire libre y los niños y jóvenes podrán disfrutar de un clima adecuado. A la hora de los talleres, podemos realizar manualidades donde los niños puedan desarrollar sus habilidades manipulativas y su creatividad, por ejemplo:

– Taller de marionetas: Con este taller los niños pueden desarrollar toda su creatividad, creando marionetas o títeres. Esta actividad va dirigida a niños de entre 3 y 8 años, también para aquellos con discapacidades de comunicación, sensoriales, de desarrollo o físicas. Cuando ya estén realizadas las marionetas, podemos crear un escenario y realizar una representación de un cuento.

– Trabajar con plastilina y arcilla: Con materiales como la plastilina, la arcilla, o la pasta para modelar, los niños pueden jugar a crear. Esta actividad es muy relajante para ellos y les sirve para explorar. Está dirigida para niños de todas las edades, y con discapacidades de comunicación, sensoriales, de desarrollo y físicas.

-Recetas de cocina: Gracias a este taller se les enseña a base de juegos la manera de manejar, preparar y limpiar los alimentos. Se pueden realizar recetas que dejen volar su imaginación, con materiales que ya estén pelados y listos, para que los niños no corran ningún riesgo

– Manualidades con materiales reciclados: Con estas manualidades, pretendemos que los niños se conciencien de los problemas del medio ambiente y de lo necesario que es reciclar. Utilizaremos materiales como: plásticos, papel, briks, cartón, latón, plomo, estaño, cartones de huevos, etc.

Unos juguetes dispersos en una mesa y quince minutos para que la persona haga con ellos lo que le parezca. Con esa mínima consigna, la pionera argentina en terapia de juegos, Ana Sutton, consigue que las personas accedan a su propio mundo emocional, muchas veces reprimido durante años. Una protagonista contó cómo fue su experiencia:

Cecilia acepta participar en un juego. Se sienta a una mesa plena de juguetes, en la que hay un pequeño arenero. La terapeuta le dice: Haz lo que lo quieras con esto, elegí los que te gusten, tienes 15 minutos. Cecilia, que no entiende bien qué se espera de ella, comienza a armar historias con plantas y animales de ficción, como si fuera niña. Cuando a los diez minutos la terapeuta le pregunta qué título le pondría a la historia y Cecilia responde “bienvenida a mi vida”, se hace un clic que la deja al borde de las lágrimas: estaba contando su propia historia sin sospecharlo.

Cecilia no se llama así, pero lo que sintió es real. Con el juego del arenero, accedemos rápidamente al mundo de las emociones de las personas, explicó Ana Sutton, la especialista argentina en terapia de juegos que vive en los Estados Unidos desde hace más de tres décadas y regresó a la ciudad donde nació para el taller. Igual que los niños, los adultos traumatizados muchas veces no pueden verbalizar su dolor, por eso necesitan una terapia más breve y rápida para acceder a sus emociones y llegar a la memoria traumática, defendió Sutton, quien fundó la organización Nana’s Children en Arizona para cuidar la salud mental de los niños, también a través del uso de los juegos.

Sutton está convencida de que así se accede a áreas de la memoria a las que oralmente no siempre se llega. No pensamos al juego como se lo ve tradicionalmente. El juego para nosotros es algo universal y necesario. Todas las sociedades lo practican y hasta los animales juegan, enumeró.

¿Cómo vivió Cecilia en primera persona su inesperada terapia? Me puse en blanco, seleccioné rápidamente qué objetos iba a usar y me paré frente a la caja de arena. Casi dejé que los juguetes se organizaran solos y a los diez minutos la situación personal actual que se representaba quedó totalmente resignificada, indicó aún sorprendida. En un rato pude integrar algunos aspectos que estaban desconectados, agregó. Cecilia es hija de judíos pero nunca jamás nadie le había dicho que lo era. Es más, fue criada con fervor en un colegio de monjas y llegó a ser catequista.

Volvió a su casa, investigó, se armó de coraje y le preguntó a su padre qué pasaba ahí. Es que fuimos muy perseguidos, se justificó mi padre cuando fui a hablarle, contó Cecilia. De a poco fue sabiendo que sus abuelos habían sido judíos marroquíes, pero que se unieron con abuelas italianas y católicas y ese pasado comenzó a proscribirse lentamente. Esa situación, que aún la conmueve, volvió a resignificarse en el arenero.

¿Es así que a través del juego se accede al inconsciente? No, dijo Sutton, esta vez tajante. No somos para nada freudianos, no tenemos nada que ver con esos esquemas. La misión del terapeuta es establecer el escenario terapéutico, hacer preguntas y servir de guía, no mucho más, agregó Sutton. Algo que este cronista pudo comprobar en una de las situaciones montadas: muchas veces, la función del psicólogo es apenas repetir en forma de pregunta lo que la persona acaba de decir, como un autómata.

Antes de despedirse, Sutton remarca que el juego es un ambiente único y que esa condición es casi la ideal para una buena terapia, porque permite que la gente pruebe y pruebe sin temor al papelón porque, de última, “estamos jugando”.

Ana Sutton con un títere con el que juegan niños y adultos. La idea es poder expresar las emociones.

Extraído de: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0244/articulo.php?art=6311&ed=0244

Maria Montessori, después de licenciarse en Medicina, estuvo algunos años dedicándose a niños con discapacidades en una clínica psiquiátrica. En 1898 propuso un plan para la educación de los niños con discapacidades que presuponía la creación de escuelas, y recibió una total aprobación. Sin embargo, en 1902 llegó a la conclusión de que su trabajo podía extenderse a toda clase de niños, y en 1907 fundó la primera de sus Case dei Bambini.

En las aulas Montessori se respira un clima de tranquilidad, ya que la educadora no es necesario que eleve la voz. Los niños se encargan de realizar todas las actividades cotidianas, como ponerse el baby, regar las plantas de la escuela, lavarse las manos, poner y quitar la mesa, organizar su mochila, etc. De esta manera, aprenden a ser autónomos y se independizan de los adultos.

A lo largo de la jornada escolar, los niños desarrollan actividades motrices a las que Maria Montessori llamaba actividades para el completo control, como hacer equilibrios sobre una línea o jugar a las estatuas. Además, disponen de un variado material sensorial para desarrollar sus percepciones y su inteligencia.

De esta manera, los niños aprenden a leer palabras e interpretar su significado, trabajar con el alfabeto utilizando letras prefabricadas, autocorregirse, aprender matemáticas jugando a los bancos, etc.

En las escuelas que siguen la pedagogía de Maria Montessori, todo el mobiliario debe estar adaptado a la altura y a las necesidades de los menores. De este modo, ellos pueden realizar todas las tareas en el aula.

El acogimiento residencial es un proceso que consiste en ofrecer vivienda transitoria y asistencia a menores desprotegidos, en situación de riesgo o desamparo. A diferencia del acogimiento familiar, en el caso del acogimiento residencial, los menores conviven en una entidad pública donde reciben alojamiento, cuidados y apoyo educativo. Uno de los principales objetivos de estos centros es encontrar con la máxima rapidez y eficacia posible, una familia para el menor.

En cuanto a sus funciones principales, estos centros ofrecen una respuesta formativa a niñas y niños, y cubren sus necesidades básicas tanto para su desarrollo personal como educativo, además de intentar inculcar en los menores unos hábitos de alimentación, estudio, educación, higiene y salud. Esta función es muy necesaria ya que la mayoría de los menores que allí llegan, carecen de este tipo de hábitos.

La llegada de los niños a estos centros puede ser por algunos de los siguientes motivos: malos tratos, problemas familiares de drogas, pobreza, trastornos mentales de los padres, abandono o negligencia, desamparo, falta de recursos, fuga del menor del domicilio, ingresos en prisión de los padres, y en general, cualquier situación que ponga en peligro la salud o desarrollo del menor.

La realización de mis prácticas en un centro de estas características, me ha permitido descubrir que cada caso que llega a estos centros es un niño con una historia y unos problemas distintos, y nuestro deber como educadores es lograr que el paso del menor por este centro sea lo más adecuado, provechoso y positivo para él. Que las niñas y los niños recuperen toda la autoestima perdida, y que adopten una serie de hábitos que su familia no les ha podido proporcionar. Pero lo más importante es que se sientan apoyados, y protagonistas de su propia historia.